Waldir
Edenilson Contreras Pedroza (Antigua Guatemala)
Viernes Santo
La agonía del huerto ha iniciado el lento
paso de las horas de amarguras del Redentor, su cautiverio ha
sido dictado después de injurias y mentiras en su contra
excusando así, la satírica necesidad de justicia
del Sanedrín. Burlas y escupitajos, risas y golpes, ironías
y traiciones, se suceden en la madrugada del Viernes de la Redención
y el Cordero de Dios es conducido al suplicio. El procurador
romano interroga sobre la verdad, se maravilla ante su figura
y se acobarda ante la agitación del pueblo: "que
la sangre de este JUSTO, caiga sobre vosotros y sobre vuestros
hijos", y calla su conciencia. Por el camino del gólgota
y en los hombros del Hijo de Dios se transporta la cruz pesada
y entre llantos y burlas el pueblo es testigo de la expiación
de nuestros pecados a través del inhumano castigo. La
inquietud del medio día se acrecienta con el seco sonido
del martillo contra el clavo, del clavo contra la piel, de la
piel contra los músculos, los músculos contra
los huesos y los huesos contra el madero; el Salvador ha sido
inmolado por nuestras culpas, en su agonía y con su sangre
nuestras faltas son perdonadas y a las tres de la tarde Cristo
entrega su espíritu. Y las tinieblas se apoderan de la
tierra, la Madre con el corazón traspasado recibe el
cuerpo de su Hijo y sus lágrimas, y sus manos ungen con
amor el cuerpo de Jesús.
En la madrugada del Viernes Santo, la bruma
chapina se doblega cuando en la puerta principal del templo
mercedario, el Divino Rostro de Jesús ilumina las almas
de los fieles que alrededor de su templo se reúnen para
presenciar el inicio de la última jornada del Nazareno.
Poco a poco los rayos solares se proyectan sobre el Patrono
Jurado quien con angustiosa mirada, se entrega por el pueblo
que ama y al promediar el día de su frente, como perlas,
brota el sudor y con misericordioso paso se encamina hacia su
capilla en donde, como siempre, recibe a sus devotos para consolarles.
Y las túnicas moradas desaparecen...
El apesadumbrado sol de la tarde del Viernes
Santo, no se oculta sin rendir su reverencia al Hijo de Dios
que ha muerto, solemnes cortejo fúnebres transportan
el Divino Cuerpo hacia el sepulcro y tratan de consolar a la
Madre Santísima que torturada por el dolor intenso acompaña
a su Hijo en la hora más oscura de la tierra. Anochece
y el plenilunio de primavera cobija en su blanca luz el cuerpo
inerte del Redentor del Mundo; con singular recogimiento y especial
devoción es transportado el Cristo del Amor en su elegante
urna, sobre los hombres de los miembros de su hermandad que
cumpliendo con la mística tradición de siglos
ofrecen amoroso homenaje fúnebre al Vencedor de la Muerte.
Miles de creyentes presencian el cortejo dominico, y en las
nubes de incienso que purifican el ambiente previo al paso del
Señor Sepultado, las oraciones de cada uno se eleva a
Dios Nuestro Señor. El paso por Catedral se convierte
en catequesis al acompasar su lento avance las notas de la marcha
"La Sangre de Cristo". Y cuando es la media noche
"La Fosa" y la "Marcha Fúnebre" de
Chopin concluyen el centenario cortejo. Las procesiones de Santo
Entierro de la Recolección y el Calvario, complementan
el Viernes Santo guatemalteco.