Waldir
Edenilson Contreras Pedroza (Antigua Guatemala)
Cucurucho
Los llamados a la conversión se hacen
más intensos, el tiempo de gracia de Dios es anunciado
a los cuatro vientos y hasta el clima nos hace meditar en el
inmenso amor del Creador, que arde en el deseo de ver a sus
hijos por el camino a Su casa. Reflexiones sobre la cruz y la
redención, sobre la entrega y la corredentora, nos envuelven
en todo un ambiente propicio para que como las jacarandas, las
lágrimas de arrepentimiento caigan en el purificador
crisol del confesionario.
Al mismo tiempo en mi ropero, es tiempo de sacar
del cobertor la túnica. Y mientras la cepillo pienso
en los momentos trascendentales que con ella he vivido, el turno
de entrada de la procesión del Señor de la Merced
en Viernes Santo, el turno 105 en Candelaria el año que
me enfermé de los riñones, el aguacero en el Santo
Entierro Dominico, la Consagración del Señor de
San José. Trato de definirme a mi mismo y llegó
a una feliz conclusión: soy cucurucho.
Encontrados sentimientos surgen dentro de mi,
pues al confesarme cucurucho vienen a mi mente los comentarios
y adjetivos hacia mi grupo de profesión religiosa. Me
hace pensar en tantas cosas que se señalan de la deficiencias
del comportamiento de los fieles devotos, de muchos de nosotros
cucuruchos, y casi me desplomo ante el aplastante peso de duras
críticas.
Pero me sobrepongo al recordar los principios
de ser cucuruchos que mi abuelo me enseñó: "Ser
cucurucho mijo - me dijo - no significa ser perfecto. El cucurucho
es un seguidor del nazareno con su cruz a cuestas, que no olvida
las enseñanzas de El sino que ve en el vía crucis
la plenitud del amor que predicó. No es un perfecto cristiano,
sino aquel que como su Maestro se levanta cuando cae con su
cruz."
Y reconfortado termino la preparación
de mi túnica y esperó a que lleguen aquellos días
en que como muchos otros años, por gracia de Dios, forme
parte de las largas de filas de penitentes y nuevamente confiese
que soy cucurucho.