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Terra Santa

El Monte Sinaí

Hna. María Pía

Ciertamente Egipto ha recibido desde edades incontables muchos calificativos. Se habla de Egipto como de un país milenario, tierra de faraones y esfinges, aunque para los cristianos posee el mayor título que se le pueda dar: el de Tierra Santa.

Egipto en el corazón de su ciudad acogió a la Sagrada Familia que venía huyendo de la persecución del Rey Herodes. El Niño Dios, ya desde su más temprana edad pasó las austeridades del desierto y conoció los sentimientos de vivir lejos de su patria y porque no, podemos decir que revivió de alguna manera el camino recorrido por el Pueblo de Israel al mando de Moisés.

Y he aquí nuestro punto de partida, el Pueblo elegido en Egipto no solamente espera una tierra sino que principalmente espera al Mesías. Y sobre la espera, marcha por el desierto, allí encontramos un monte, el Monte Sinaí, lleno de significado, allí Dios hablaba con “su amigo cara a cara”, desde allí Moisés bajaba con el rostro radiante después de estos encuentros…, allí recibió los Diez Mandamientos e hizo Yahvé la Alianza con su Pueblo…

La Península del Sinaí

Se encuentra entre los golfos de Aqaba y Suez y limita al norte con el Mar Mediterráneo mientras que al sur lo hace con el Mar Rojo. Tierra esteparia y de montañas, con vistosos colores y diversas tonalidades.

Teológicamente presenta aspectos diversos, en el norte se extiende la altiplanicie de Et-Tih, un desierto calcáreo inmenso y árido. Es en esta región, en donde se encontraban las vías de los esclavos de toda la península: la Vía Maris, a lo largo de la costa, el camino de Suhr, al centro y el camino del peregrinaje musulmán a la Meca, que va desde Suez a Aqaba.

Al sur-oeste se extiende una zona arenosa, llamada Debbet er Ramleh; luego se encuentra el macizo del Sinaí, en el cual se destacan el Monte El Serbal (2054 m.), el Ras es- Safsaf (2045m.), el Musa (2244m.) y el Catalina (2602m).

En la costa occidental, la montaña sinaítica se encuentra dividida del mar por una parte desértica: el desierto de el-Qah, el desierto de Sin y el desierto de Suhr. Vale la pena nombrar el Wadi Feirán, que ha sido llamado la “perla del Sinaí”, por su belleza incomparable y por sus ruinas de monasterios e iglesias; allí se venera el lugar donde Moisés oraba durante la batalla de Amaleq (Exodo 17, 8/10).

Los primeros habitantes de este lugar fueron los beduinos, quienes dejaron lo que se conoce hoy como “inscripciones proto-sinaíticas”.

El Monte Santo

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