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San Sebastián:
Así
se celebra en Piornal (Cáceres)
| Sabemos
que deben ser muchas más las formas de celebración
y peculiaridades relacionadas con la festividad de San
Sebastián, por lo que pedimos su colaboración
para completar nuestro dossier, para de este modo dar
a conocer al mundo nuestra cultura y tradiciones. Escríbanos
contando como se celebra en su localidad esta fiesta. |
Jarramplas
La breve descripción que presento a continuación
es fruto, básicamente, de la información recogida
entre 1982 y 1988 durante mis frecuentes visitas a Piornal, del
material obtenido durante mi presencia física en las fiestas
de Jarramplas en los años 1981 y 1987 y de la consulta
de la bibliografía existente sobre el tema.
El ciclo festivo anual de Piornal comprende la semana de los quintos,
los carnavales, Semana Santa, el día del Señor,
San Cristóbal, la fiesta de la Virgen, Nuestra Señora
de la Asunción, San Roque, con las ceremonias del regocijo,
el ramo, las rondas y los toros; los santos con los calbotes y
la Nochebuena con los villancicos y aguinaldos.
Entre las desaparecidas, viva todavía en la memoria de
algunos vecinos, cabe nombrar el Día o la fiesta de San
Juan. Entre las ceremonias mas destacadas estaban el corte del
roble, pinchote, y el sorteo de los cargos de los encabezados,
responsables de «pedir» y «cobrar el toro»
de San Roque.
Sin género de dudas, la celebración festiva que
confiere personalidad cultural a Piornal, que la distingue de
otras poblaciones serranas, es el Jarramplas. La fiesta de San
Sebastián y, particularmente, el rito que se desarrolla
en torno a la bortarga o mamarracho Jarramplas, se ha convertido
en el emblema de la identidad étnica local.
En diversas localidades del norte cacereño y en el sureste
de la provincia de Badajoz las estructuras socioeconómicas
no presentan rígidas jerarquías, llamativas diferencias
sociales, estratos económicos antagónicos... La
realidad social muestra comunidades integradas, igualitarias.
Circunstancias que se traducen durante la celebración de
ciertas fiestas en la existencia de mayordomías.
La mayordomía supone un instrumento de adaptación
social mediante el que ciertos miembros de la comunidad expresan,
ritualmente, su tal vez nueva posición económica
o el ascenso social. Recuérdese, a este respecto, el desembolso
económico que, en gastos ceremoniales, conlleva el ejercicio
de la mayordomía. Pero en el caso del Jarramplas alcanzar
la mayordomía, aparte del prestigio social que supone,
implica también un reto para los miembros varones de la
sociedad piornalega en el contexto de su sistema de creencias
y valores, en el que la ofrende y la promesa tienen plena vigencia.
Es más, explícitamente, quienes ostentan la mayordomía
la justifican como una promesa. De cualquier modo, lo que me parece
destacado es el fenómeno de clientelismo que se genera
a partir del rol que en la celebración juega el mayordomo.
Cuando
los fríos de enero se apoderan de la serrana localidad
de Piornal, situada a más de mil metros de altura sobre
el nivel del mar, entre las fértiles y bellas comarcas
del Valle del Jerte y de la Vera, se festeja en los días
19 y 20 una original fiesta en honor de San Sebastián:
el «Jarramplas». Nada cierto y probado con base documental
hay sobre sus orígenes; pero, antes de entrar a exponer
las versiones, transmitidas por vía oral, que al respecto
circulan por la comarca, considero conveniente, a fin de valorar
con mayor precisión la descripción que en las siguientes
líneas transcribimos, recordar, aunque someramente, los
datos más relevantes de la hagiografía del Santo
en cuya memoria se conmemora la fiesta. Muchas de las coplas cantadas
en estos días aluden a su condición de militar,
y es que, a San Sebastián, oficial del ejército
romano bajo las órdenes del emperador Diocleciano hasta
que, confesada y hecha pública su fe cristiana, se le sometió
a persecución, muriendo como mártir: asaeteado y
a palos. Hasta aquí la historia.
En cuanto al origen mítico-legendario de la celebración,
apuntar que, en primer lugar, hay quienes consideran, con manifiesto
sentido erudito y amor por lo mitológico, que la presencia
del Jarramplas y la existencia de su fiesta hay que buscarla en
la quimérica lucha que Hércules infligió
a Caco; en segundo lugar, hay quienes afirman, basándose
esencialmente en la aparatosa y llamativa máscara que sobre
el rostro del personaje central de la fiesta, que el origen está
en las ceremonias vistas por los primeros conquistadores de América
entre los indios. Y en último lugar está la postura
que supone a Jarramplas como un ladrón de ganados que tenía
trastornado el orden y las normas de convivencia vecinal; por
lo cual, capturado, fue castigado y sometido a la mofa pública.
Lo que nos parece conveniente resultar son los elementos zoomórficos
y de animalismo que aparecen en la máscara de Jarramplas.
Es probable que, como nos recuerdan tales circunstancias expresadas,
a más de otras latentes, no tan manifiestas, el Jarramplas
esté relacionado, como otras fiestas de invierno celebradas
en la zona, con la cultura pastoril.
Sea como fuere, para nosotros lo importante es que, a lo largo
de la geografía nacional, y en concreto en varias comunidades
próximas a Piornal, y siempre dentro de la provincia cacereña,
se evocan por las mismas fechas, como ocurre con el Taraballo,
de Navaconcejo; el Boo o Zampagijo, de Pasarón de la Vera,
y con el Pero-Palo, de Villanueva de la Vera, en carnaval2, festejos
con evidentes paralelismos. En efecto, el esquema mitico-histórico-legendario
de referidas celebraciones es, de algún modo, semejante.
Así, nos encontramos con que los casos citados hay un personaje
central alrededor del cual gira la fiesta, que son condenados
por cometer los mismos delitos (robo de ganados, transgresión
del orden social establecido, etc.), y que, también, los
cuatro son expuestos a la burla vecinal.
Vamos a centrarnos, sin más dilación, en la fiesta
tal y como es hoy3. Hacer de «Jarramplas», como veremos,
no es nada grato. Personaje que acapara y protagoniza la fiesta,
es un hombre agradecido a San Sebastián. Lo tradicional
es que, tras la concesión de favor hecha por el Santo a
la petición formulada por algún piornalego en caso
de necesidad (enfermedad, apuros económicos, etc.) se haga,
por agradecimiento, de «Jarramplas». Por costumbre,
pues, la decisión lleva aparejada una promesa o voto religioso.
Hacer de «Jarramplas» es la materialización
de esa promesa. No obstante, en los últimos años
no ha sido raro que en el papel de Jarramplas se turnasen dos
vecinos. Pero últimamente, dado el riesgo que conlleva
el serlo, no es nada fácil encontrar voluntarios a tal
fin, émulos de San Sebastián. Y así, en los
años que nadie se ofrece, hace de botarga uno de los miembros
varones de alguna de las familias que son devotas del santo y
que lo tienen por tradición. Si bien cualquier vecino puede
ser el protagonista de la fiesta. El único requisito que
se exige para ello es el de estar apuntado, con meses de antelación
a la celebración, en la lista que controla, con esta intención,
el señor cura párroco.
El «Jarramplas» se identifica por su indumentaria.
Va vestido, a modo de botarga, con unos pantalones y camisa blancos,
de los que cuelgan, apretadamente esparcidos por todo su cuerpo
multitud de tiras de telas de colores. Sus manos van recubiertas
por unos fuertes guantes. Cubre su cabeza una exótica máscara
de cartón piedra de unos cinco kilogramos de peso y de
la que podemos distinguir hasta cuatro partes atadas entre sí
con cabos. La alta, de cuya parte superior cuelgan unas crines
negras de caballo, tiene la forma de mitra.
Una segunda parte, cosida a la anterior, que da vuelta a la cabeza
y al cuello, y en la que van pintados unos terribles dientes blancos
y donde hay unas aberturas para los ojos, en la que, para evitar
sean dañados por los proyectiles que durante estos días
arrojan a «Jarramplas», se colocan unas telas metálicas.
En esta sección, que es doble, se colocan interiormente,
entre cartón y cartón, unos refuerzos de espuma
y tela metálica como material amortiguador.
Los dos descomunales cuernos que se cosen al cuerpo central y
que por su forzada curvatura casi se tocan en las puntas, constituyen
la tercera parte. La cuarta y última estaría formada
por la poderosa nariz roja que sobresale llamativamente del perfil
de la careta. Por detrás, además, lleva la máscara
un sistema de cuerdas corredizas que van atadas al cinturón
que traviesa diagonalmente el pecho y sirve para sujetar el tamboril
y para fijar la carátula, de la que cada año se
hacen dos o tres ejemplares. Lo que puede dar idea del castigo
a que se somete a su portador.
Era tradición que el día 19 Jarramplas se pusiera
una de las caretas del año anterior Lo que puede entenderse
como un hecho de mera funcionalidad: aprovechar lo viejo, la tan
conocida reutilización de los materiales en las sociedades
rurales; pero otros son también los significados que nos
sugiere el hecho de conservar de un año para otro la máscara
vieja: de un lado se trata, previsiblemente, de no interrumpir
el continuum cultural que constituye el proceso festivo y, del
otro, metafóricamente cabe conferir a la máscara
y, por ende, a su portador, un sentido protector auspiciado por
el buen desarrollo de la fiesta del año anterior En cierta
medida el significado latente cabria relacionarlo con las ceremonias
que a través de expresiones, objetos, productos, etc.,
fundamentan y articulan el paso de lo viejo a lo nuevo.
Como
distintivos característicos lleva «Jarramplas»,
también dos gruesas cachiporras.
La fiesta comienza el día 19 con la petición de
ofrendas que se hace para el Santo a las diez de la mañana.
El «Jarramplas», tocando el tamboril y sin máscara,
recorre las calle del pueblo acompañado de los chiquillos
y del mayordomo4 -o mayordomos. que hasta tres lo pueden ser-
recogiendo las dádivas -antiguamente productos del campo,
ahora monedas- que le ofrecen. Finalizado el petitorio se dirigen
a casa del mayordomo, se pone la máscara y sale por las
calles y bares a tomar unas copas.
Ya en este preciso momento el pueblo entero presenta una peculiar
imagen. Su fisonomía cambia hasta tal punto que parece
estar todo en obras: cabinas telefónicas, ventanas, balcones,
terrazas, cristaleras, etc., se cubren con maderas, tablas, toldos,
mantas y otros elementos al objeto de resguardarlos de los «proyectiles»
que en estos días se lanzan. La metamórfosis que
en estos días experimenta el pueblo es un aspecto apenas
tratado.
Es también el mayordomo, que suele ser un individuo que
se ofrece voluntariamente o por promesa, un personaje destacado
de la fiesta. El deseo no expresado de prestigio es a veces el
principal estímulo para correr con sus gastos. Y si es
cierto que cualquier vecino puede serlo, no lo es menos que frecuentemente
detenta el cargo un vecino de los que se encuentran en situación
económica más desahogada. Es, asimismo, el mayordomo
el encargado de custodiar la ropa, la mascara y los palos del
«Jarramplas» de un año para el otro: si bien
cada 20 de enero se estrena una nueva careta.
Además, por su patronazgo, es el responsable directo de
«Jarramplas», debiendo procurar tanto que no se extralimite
como de que no se transgreden las normas de las fiestas con el
consiguiente peligro para el enmascarado. Aspecto importante en
la celebración es la relación de clientelismo que
se produce entre la mayordomía y «Jarramplas»
y su familia.
Por la tarde, hacia las cuatro, la mujer del mayordomo y sus familiares
-siempre hembras-, ni siquiera el sacerdote puede estar presente,
van a la iglesia a limpiar, adornar, vestir y poner en sus andas
al Santo. Poco después, hacia las siete, se anuncia la
fiesta próxima a toque de tamboril y con repiques de campanas.
De casa del mayordomo, con él acompañado de la chiquillería,
sale «Jarramplas», sin máscara y golpeando
el timbal, a dar una vuelta, que bien podríamos calificar
de «contacto» con la atmósfera festiva, al
tiempo que a tomar unas copas. El significado del acto es hacer
público el inicio de la fiesta.
Con el canto de las alborás en honor del Santo comienza
el día 20. A las doce de la noche se congrega el pueblo
frente a la puerta de la iglesia parroquial de San Juan Bautista
y se reza una avemaría. Justamente cuando comienzan a sonar
las campanadas de la medianoche principia «Jarramplas»
a cantar, acompañado del tamboril, las alboradas. El coro
que le sigue está formado, en esencia, por un grupo de
chicas que acompañan haciendo sonar calderos, botellas,
etc., y que durante las diez noches anteriores estuvieron ensayando
para esta ocasión en casa del patrocinador de la fiesta.
Las coplas, que se van entonando por un tradicional recorrido
que evoluciona preferentemente por parte antigua, aluden a la
vida de San Sebastián. Durante el itinerario, el pueblo
va engrosando las filas de la comitiva. Terminada la primera vuelta,
en cuyo trayecto el mayordomo se ocupó de apuntar en una
lista las familias, amistades y vecinos que en la segunda desean
se les visite, se regresa al punto de partida, a la puerta de
la iglesia. Es ahora, iniciada la segunda vuelta, cuando los familiares
del mayordomo, provistos de sacos y de cestos, recogen los productos
que le ofrecen sus convecinos.
En las casas donde se detiene el cortejo son invitados los receptores
de las ofrendas a degustar artículos rituales, tales como
vino, chacina, tirabuzones y otros dulces... Finalizada la ceremonia,
alrededor de las cinco de la mañana, se reúnen,
a instancia del mayordomo, en su hogar o en un garaje o almacén
cedido al efecto para saborear las migas. Son los jóvenes,
el mayordomo, «Jarramplas» y su mujer, que debe estar
aquí obligatoriamente, los que rematan la noche.
Por la mañana, a las once, sale el Santo en procesión
de la iglesia parroquial, recorre las calles céntricas
y vuelve al mismo templo; pero un poco antes de dar comienzo,
«Jarramplas», acompañado en todo momento del
mayordomo, da varias vueltas al pueblo. La procesión va
encabezada por la cruz guía y por la imagen del Santo,
que llevada en andas por mujeres y familiares del mayordomo es
seguida a poca distancia por «Jarramplas», que va
desenmascarado, y por el coro de muchachas; aquél, andando
hacia atrás, dando siempre la cara al Santo y tocando el
tamboril.
Una de las mujeres porta un canastillo de mimbre al objeto de
recoger las limosnas que en el itinerario van ofreciendo, y que
posteriormente se invertirán en pagar parte de los gastos
de la fiesta. El pueblo, compuesto en esta ocasión fundamentalmente
por mujeres, cierra la comitiva. Al regreso, en la puerta de la
iglesia, antes de entrar la imagen, procede el sacristán
a subastar las andas del Santo. Seguidamente, ya dentro del templo,
se celebra la misa mayor y se canta la Rosca de San Sebastián.
Es ahora, como en la procesión, cuando las chicas del coro,
ataviadas con «el traje regional», y «Jarramplas»,
con el tamboril y sin mascara, cantan la Rosca en unión
el mayordomo y de hombres y mujeres devotos.
«Jarramplas» se coloca en lugar destacado junto al
coro y al vecino que ostenta el patronazgo del fasto acontecimiento.
Las letras de la Rosca se refieren al martirio de San Sebastián
y la mayoría, de carácter hagiográfico, resaltan
su condición de militar. Finalmente, tanto los que fueron
a misa como los que no asistieron a ella se concentran en la periferia
de la plaza de la iglesia en sus proximidades y taponando las
bocacalles que en ella desembocan. Se espera ansiadamente la salida
del personaje que retiene la atención de todos: «Jarramplas».
Cargados de troncos de coles, de nabos -que en la actualidad los
distribuye el Ayuntamiento, pero lo tradicional es cogerlos días
antes de los huertos cercanos al pueblo-, con bolas de nieve,
patatas y otros objetos arrojadizos se espera impacientemente
a que «Jarramplas» se ponga la carátula y salga.
Momento éste, nada más asomarse a la puerta de la
iglesia, en que comienzan a lanzarle una incensante nube de objetos
que, con interminable cadencia, le vienen de todas partes.
Es el momento de máxima emoción. «Jarrampas»,
impasible, no sólo no se resguarda, sino que da varias
vueltas a la plaza, arrodillándose en varias ocasiones
e incluso -y es tradicional- sube al pretil de la fuente que está
en medio de la plaza y convirtiéndose en señuelo
de todos, ofrece un fácil blanco. A distancia razonable,
pero próximo a él le sigue el mayordomo con la misión
de cogerle las cachiporras si se le caen y que, en ocasiones,
además de servirle para intentar desviar la constante lluvia
de proyectiles que le arrojan, también se utilizan para
intimidar a los atrevidos agresores que se le aproximan, burlando
la vigilancia del mayordomo más de lo permitido.
En estos casos -sin poderse definir a «Jarramplas»,
por otra parte, como máscara fustigadora- es cuando arroja
sañudamente sus cachiporras contra los que traspasan el
límite simbólico. De todos modos, la máscara
sufre importantes desperfectos y su portador un considerable castigo.
No es raro, pues, que sobre todo en los últimos años,
a consecuencia de los fuertes disparos a que se somete, finalice
la actuación con heridas de cierta consideración.
Motivo por el cual, desde hace unos años y coincidiendo
con el reseñable aumento experimentado en la agresividad
popular, especialmente en los mozos, el Ayuntamiento emite unos
bandos instando a que, como en la antigüedad, sean únicamente
los niños y niñas de hasta catorce años los
que disparen contra «Jarramplas». No son, sin embargo.
tenidos en cuenta dichos edictos municipales y por ello los efectos
perseguidos son nulos. Hay que decir, además, que son los
quintos los que vulneran con su ritual actitud violenta toda norma
municipal, que por otra parte, es de algún modo lo que
se espera. Circunstancia, de otro lado, que hace que cada año
sea más difícil encontrar voluntarios para desempeñar
el papel de protagonista.
A pesar de todo, o tal vez por ello justamente, la fiesta continúa.
«Jarramplas» con su tamboril, las cachiporras y su
«bien-hacer», lleno de cardenales y de moratones,
recorre incansable las calles del pueblo. A cada paso, en cada
esquina le espera un grupo de agresores que considerándolo
la representación de todos los males de la comunidad se
ofuscan en él arrojándole ferozmente los más
heterogéneos elementos. Se le deja en paz cuando, despojado
de la carátula, hace algunas incursiones de «refresco»
a los bares.
A la una descansa por unas horas del martirio saliendo, sin máscara,
en compañía del mayordomo y de las chicas del coro,
a cantar por las calles del pueblo la Ronda -especies de rondeñas
que son distintas cada año-. Las chicas y los familiares
encabezan la partida ataviados con el «traje regional».
Después del pasacalle van a comer. Pero pronto, de nuevo,
terminado el agasajo, sale «Jarramplas» por el pueblo
recibiendo otra buena dosis de nabazos, patatazos, bolazos, etc.
El último acto público se celebra a las cuatro y
media de la tarde. El «Jarramplas», acompañado
del mayordomo, de sus familiares y de mujeres de edad reza el
rosario en la iglesia. Es ahora cuando se sube a San Sebastián
a su trono. A continuación, ya sin máscara, sale
a dar una vuelta y a tomar algún refresco. El ceremonial
concluye con el rito de la entrega de la ropa y cachiporras del
«Jarramplas» al mayordomo.
Cada año se repite inexorablemente la fiesta a partir de
las pautas establecidas por la tradición. Una ceremonia
de la que nada hemos escrito, y que, sin embargo, consideramos
de gran interés, es la de vestir a Jarramplas, en la que,
como en circunstancias similares, no faltan ciertas dosis de secretismo.
Texto: Javier Marcos Arévalo
Profesor de la UEX. Antropólogo |
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