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Leyenda de la Virgen de los Alfileritos

Tiempos eran aquellos de descubrimientos y guerras para los hombres, de soledades y lágrimas de ausencia para las mujeres. Italia, Flandes y las Indias, eran lugares donde se cubría de gloria una juventud, escribiendo historia y dibujando continentes con el filo de sus aceros toledanos.

En tanto, las mujeres, sin comprender del todo las empresas en que se empeñan sus esposos, hijos o prometidos, dedicaban muchas horas al rezo por los que en remotos e ignorados paisajes hacían de su fe acicate para sus conquistas. Entre las toledanas de entonces no era, en verdad, quien menos oraciones elevaba a su Dios, la joven doña Soledad de Vargas, hermosa doncella de noble familia y corazón lleno de ilusiones, o por mejor decir, con una grandísima ilusión, dulce y torturante a la par, en su alma ingenua y sencilla. Doña Sol estaba enamorada. El duendecillo alado había disparado su perfumada saeta aquel día cuando, apenas cumplidos los diecisiete años, tuvo la valentía de cortar la más linda rosa que adornaba su balcón y arrojarla al jinete, curtido de vientos y pólvoras extrañas, que al mando de su mesnada de bigotudos soldados de los tercios, había hecho caracolear su corcel, mientras con los ojos y los labios la dedicaba el más delicado requiebro.

Era él don García de Ocaña, alférez el más querido por su valor y arrojo del ya famoso extremeño don Pedro de Valdivia; sus proezas en Flandes le proporcionaron fama de ser uno de los mejores capitanes de aquellos tercios, y aún el mismo Valdivia en varias ocasiones habíale abrazado con lágrimas en los ojos, emocionado por su valentía.

Pocos días después de prometerse los dos jóvenes solemnemente ante Nuestra Señora la Virgen María del Sagrario, don García hubo de partir para lejanas tierras en pos del de Valdivia; las Indias, con sus fabulosas fantasías y realidades, los llamaba para la supuesta gloria de España.

Doña Sol quedó triste en su soledad, recordando con nostalgia las escenas en que el amor, había transformado su alma de niña en alma de mujer. Más no era pesimista; guardaba en su corazón dos promesas: la de que él la amaría siempre y la de que regresaría pronto. Candorosa, no sabía que en amor las promesas son pavesas que apaga la distancia y aventa el tiempo.

Y la distancia se interpuso y el tiempo transcurrió monótono. Pero doña Sol confiaba y sabía esperar. Largos ratos dedicados a la oración en su capilla particular acrecentaba su esperanza. Mas pasaron muchos meses y nunca tuvo noticias. Verdad es que las comunicaciones con ultramar no eran entonces muy rápidas, pero, ¿acaso no sería ya mucha la tardanza? Pensó un día doña Sol que sus oraciones no eran eficaces, sin duda, por exigirle poco sacrificio, ya que no le era menester salir de casa para ante su altarcito, siempre exuberante de flores, postrarse a pedir por el que lejos de ella estaba. Así, pues, aquella noche sigilosamente salió por una puertecilla excusada, acompañada tan solo de doña Mencía, dueña gruñona, como soltera vieja que era, y de un fiel escudero, portador del indispensable farol y una larguísima tizona bajo la capa.

No fue largo el trayecto, porque en la misma calle, y no lejos del palacio de la enamorada niña, había una hornacina, tenuemente alumbrada por una lamparilla de aceite, donde se mostraba Nuestra Madre Dolorosa, traspasada su amantísimo corazón por los puñales del dolor.

Y ante aquel cuadro de la Madre de Dios oró doña Sol con gran fervor, mientras el frío y el miedo a ser descubierta allí a tales horas, ponían temblores en sus miembros y lágrimas en sus ojos.

A la mañana siguiente supo, al fin, de su amado. Un fiel escudero traía noticia de cuanta gloria estaba obteniendo don García en las lejanas y nuevas tierras bañadas por el mar Pacífico, así como la certeza de que tan pronto se diera cima acierta empresa que se preparaba contra los araucanos, su señor regresaría a España para hacer su esposa a doña Sol. Gracias muchas dio nuestra doncella al Altísimo por haber escuchado sus ruegos por intermedio de su Santísima Madre, y desde aquel día la hornacina de la Dolorosa vióse cuidada con esmero y adornada con las más lindas flores que doña Sol podía encontrar; aceite tampoco faltó a la antes mortecina lamparilla; ni faltaron lo que sin duda más agradaba a María Dolorosa; los rezos fervientes que todas las noches, ya hora desusada, elevaba nuestra enamorada niña ante aquel enrejado altarcito. Mas llegaron días en que la devoción era vencida por el sueño de la joven, quien antes de terminar los quince Misterios de su Rosario, quedaba dormida sobre su silla de tijera, hasta que doña Mencía columbraba que el rezo no concluía con la prontitud deseada, y acudía a despertarla.

Gran pesar produjeron estas modorras a la joven, que creyó ver en ello señal de su poca devoción cuando pedía por lo que más deseaba. Así pues, dio orden a la dueña para que todas aquellas noches en las que el sueño interrumpiera su oración la despertara, clavándole sin piedad, un alfiler.

Ni que decir se tiene que doña Mencía, a quien iban hartando las saliditas a hora tan intempestiva, obedecía a su ama demasiado al pie de la letra; y si despertar pocas veces es agradable, a doña Sol le debía parecer mucho menos, a juzgar por el grito que ahogaba al sentir en sus carnes la pequeña puñalada; pero, dando las gracias a la dueña, seguía rezando hasta terminar su Rosario; luego, introducía el alfiler por entre los barrotes de la reja, dejándolo allí a modo de ofrenda a la Dolorosa.

Y así se sucedieron las noches y así aumentaron las ofrendas, hasta que Dios, sin duda, apiadado de la enamorada muchacha, hizo regresar a don García antes de que la buena de la dueña dejara a su ama hecha un acerico estropeado. Nuestros jóvenes casaron, y se sabe fueron muy felices el resto de su vida, y en verdad que bien ganado lo tenían, pues si gloriosas cicatrices hubo él en Italia, Flandes y contra las huestes de Caupolicán, no menos numerosas ni sufridas con mayor entusiasmo hubo ella mientras esperaba su regreso.

Esta es la leyenda de la Virgen de los Alfileritos. De entonces acá ha pasado mucho tiempo, y la devoción a la Dolorosa se ha transformado en la piadosa creencia, por parte de las jóvenes de hoy, de que si una muchacha echa dentro de la hornacina un alfiler, pronto tiene novio. y es cosa digna de ver la enorme cantidad de ofrendas que siempre tiene el pequeño altarcito, ante el cual, en las primeras horas de la noche, no es raro presenciar cómo las bellas muchachas toledanas que pasan por aquella calle, se detienen para depositar un alfiler y una oración ilusionada.

Santos Vaquero A.
Vaquero Fernández-Prieto, E.

Fuente:
www.leyendasdetoledo.com/leyendas/alfileritos.htm

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