Pregón
pronunciado por Don Francisco Peregrina Espadas
Iglesia Parroquial del Santísimo Sacramento
Jayena (Granada)
16 de abril de 2008
INTRODUCCIÓN
Señor, te quiero cantar,
dulce Jesús, Nazareno.
Yo, por tu Pasión, me apeno,
y mi canción es rezar.
Señor, te quiero cantar,
inmolado en el madero
redimiste al mundo entero
y nos enseñaste a amar.
Tú, que anduviste en el mar,
resucitaste a los muertos,
tienes los brazos abiertos
clavados por perdonar.
SALUDOS
Reverendo Señor Consiliario de las Cofradías Jayenuscas;
Señor Alcalde, Ilustrísimas Autoridades; Hermanos
Mayores y representantes de Cofradías y Hermandades, señoras,
señores y cofrades todos
AGRADECIMIENTOS
Mis primeras palabras esta noche
son de agradecimiento a las Hermandades de Jayena por brindarme
la oportunidad de ser pregonero
de la que considero mi Semana Santa, siendo éste el mejor
regalo que podría recibir de mi pueblo.
También quiero acordarme de los míos y de todos
y cada uno de aquellos que me han apoyado en cada momento de
mi vida. Gracias por vuestro cariño, amistad y porque
no, también paciencia.
Ha caído la noche en los
olivos,
un rumor de crepúsculo preludia
la agresión por la ruta ensangrentada.
Viene a apagar la luz radiante de la Altura
cuando el día amanece para el Sol,
Luz de Luz en el mundo, que a eternidad alumbra.
La iniquidad pregunta a la Inocencia
cual ha sido el delito.
Ser camino y Verdad, ser la Vida en la muerte,
es móvil de la envidia que pide el sacrificio
y se escuda a la sombra del poder
para efectuar sin culpa el magnicidio.
El reo es Rey sagrado,
se oculta en las tinieblas su valido,
su triple negación
es llanto suplicante del laurel del martirio.
La hipocresía muestra la humana cobardía.
La rama verde es pasto de las llamas
bajo el injusto fuego del odio y la calumnia.
El mundo elige, incrédulo, el poder que le allana,
el malvado recibe el aplauso cautivo
de manos profanadas.
Se cumplió la ordalía del heraldo
y la aurora despliega las esplendentes alas.
Ya se anuncia en el aire la Semana
santa: azahar, jazmín,
claveles, nardos, violetas o lirios morados dicen de la huida
del invierno y nos hablan de primavera: pasión, devoción,
cantes y rezos. El fervor religioso llena las calles de nuestra
Andalucía. Tambores, cornetas y palmas anuncian la llegada
de Nuestro Señor a lomos de una burra y su pollino, el
pueblo entero reboza de felicidad al tener entre ellos al hijo
de Dios.
Al proponerme anunciar la semana
santa mi primer pensamiento fue: rememorarla desde mi niñez, cuando empezó mi
fervor cofrade.
Son recuerdos de carracas que
anunciaban los oficios, de, (no pongas la radio que murió el señor). Recuerdos
de aquellos jóvenes portando unas sencillas andas de madera.
Y pensamientos de cuando sea
mayor yo también lo llevaré.
Y como no el recuerdo de la primera vez que entró la imagen
de Jesús en mi casa, que impresionante y que grato a la
vez para un niño de siete años.
Viernes santo
Procesión, mantillas, velas y silencio acompañando
a Jesús amarrado a una columna, azotado con la vista al
padre, Jesús cargando con la cruz de la pasión,
Jesús muerto en la cruz a la cual tuvo sus manos y pies
clavados, Jesús en la urna de cristal y madera custodiado
por 4 Ángeles…y su madre, nuestra madre, con la
expresión de dolor contenido, mientras lagrimas de dolor,
resbalan por sus mejillas marfileñas. ¡Oh madre
dolorosa!
Corrían finales de los ochenta y, el declive de la Semana
Santa Jayenusca era latente. Este año no sale tal o cual
imagen se decía aquellas tardes de Viernes Santo. No hay
quien lo lleve se rumoreaba. Así un grupo de jóvenes
firmamos un compromiso con la tradición, la cultura, la
fe… y nos pusimos manos a la obra y con toda la ilusión
por no perder una de nuestras tradiciones más arraigadas.
En un mes estábamos en la calle con nuestro cristo y la
grata sorpresa de que otros grupos de jóvenes corrieron
la misma suerte. Y es así ahora cofrades, vecinos, foráneos
que doy gracias al Señor por cruzarnos en su camino.
¡Gracias señor!
No moverlo, despacito.
¿No veis que esta sangrando
y es un cuerpo bendito?
Paso firme costalero.
Que no te falten fuerzas.
Que no decaiga tu esmero.
Alíviale la picazón
de su espalda fustigada.
Conviértete en el paño
que seque su frente cansada,
para que descanse su mano,
esa mano ilusionada,
en la promesa divina,
de la resurrección anunciada.
Se acerca el viernes de dolores y Jayena comienza a destilar
pasión a los cuatro vientos. Nuestra virgen dolorosa
atraviesa tímidamente la puerta de su iglesia a hombros
de sus portadoras, mujeres Jayeneras que desde que vienen al
mundo, ven en su virgen a su madre celestial. Comienza la procesión
preludio de todas las emociones q nos aguardan durante esta
semana de pasión y resurrección. Un recorrido
por el casco antiguo, lleno de silencio, oración, cánticos,
velas e incienso, adornando todo esto la profundidad del sentir.
Tras esta demostración de fe, amanece el domingo de ramos,
y Jayena comienza a transformarse en aquella Jerusalén,
mientras el gentío recorre la distancia entre la ermita
y la iglesia, en una procesión llena de palmas y ramas
de olivos llenando las calles y dejando que al menos por un día
los sentimientos se aplaquen y el corazón disfrute.
Quien diría que
cualquier rincón de nuestro pueblo
no podría ser ese huerto de los olivos donde apresaron
a Jesús, una Jerusalén que se hace grande para
acoger por sus calles, al dios hecho hombre.
En ese miércoles santo el ocaso del sol es el mejor escenario
para dar paso al vía crucis, hecho por los mas jóvenes,
jóvenes q serán los futuros costaleros y costaleras,
pequeños costaleros que portan a su Jesús Nazareno
y a su virgen. Los miro y me reconforta saber que la sabia nueva
hará que nuestra semana santa perdure a lo lago de los
años como máximo exponente de la fe cristiana.
Y por fin, el día grande de
Jayena, ha llegado. Ese día
el cual todos esperamos, ese día en el que nuestro pueblo
se prepara para adorar al que dio la vida por todos nosotros.
“Amanece
el viernes santo”.desde muy temprano. Las hermandades bullen
de gente. Hay que preparar los tronos, planchar los trajes, hay
que tenerlo todo a punto para que cuando llegue las diez de la
noche, ese gran momento esperado durante todo el año se
haga realidad y comience esa gran muestra de fe sobre el maestro
y su santa madre, esa que siempre estará ahí como
la nuestra misma.
Los azotes desgarran su figura
con la mano brutal de la injusticia,
del desprecio, del odio y la malicia
de un mundo anonadado en su hermosura.
Atado a la columna del dolor,
el cuerpo malherido, lacerado,
es oblación de excepcional amigo.
Le fustigan con fuertes latigazos,
le flagelan con pesos en la cuerda.
Cesan de cuando en cuando, que no pierda
la vida por continuos cimbronazos.
Le arrancan piel y carne en mil pedazos
los sádicos soldados, y así muerda
su humillación, el barro le remuerda
y afirme que Satán le ató en sus lazos.
Suenan los primeros sones del
ronco tambor y las cornetas, y Nuestro Padre Jesús atado a una fría columna hace
su aparición en la puerta de su templo. Al mirar su cara
de dolor y resignación se me vienen a la memoria recuerdos
de cuando mi padre me contaba como aquella fría noche
de invierno en la que adquirió la talla llovía,
gotas de agua comparables a las lágrimas de dolor de una
madre al ver a su hijo sufriendo por la humanidad. Tras esos
momentos de reflexión como quien ve su vida reflejada
en un espejo, vuelvo al momento, y veo con orgullo a esa bella
talla, mecida por los costaleros, como se adentra con paso firme
en las calles de Jayena acompañada por el color blanco
y morado de los penitentes que con sus cirios alumbran el largo
camino que aún queda por recorrer hasta bien entrada la
madrugada.
Sobrelleva la Cruz de su agonía
descarnando sus pies en la andadura.
Sube por el sendero, con dulzura,
a cumplir la sagrada profecía.
Es la soberbia humana, deicida,
la insoportable cruz de su interior
que causa la caída y el desgarro.
Cargado con la cruz de salvación
camina el redentor, desamparado,
es el justo, por odio condenado
a morir, acusado de traición.
Lleva a cuestas la cruz del desamor,
su peso es superior al del madero,
símbolo de su Reino universal.
Jesús Nazareno, Señor de las Paquitas, siempre
te recuerdo saliendo de la Iglesia, llevando sobre tu divino
hombro la pesada carga de la cruz, vistiendo morada túnica,
el cuerpo encorvado, triste, dulce y serena la mirada y mostrando
en tu rostro la sublime expresión del dolor deificado
y como cirineo tu hermanos, esos que nunca te abandonaran por
muy pesado quesea el madero. Un redoble de tambor señala
el comienzo del camino y un capataz, con voz firme y vigorosa,
grita a tus santeros:
¡Arriba! ¡Con fuerza! Convertíos en el Cirineo
que ayude a nuestro Señor a caminar. Abrid vuestras almas,
que la gota de sangre del que arriba lleváis se mezcle
con la vuestra y os fundáis en un perfecto matrimonio
de lo divino y humano. Que sus pies, que caso descansan en vuestros
hombros, sean los que verdaderamente anden, el áspero
calvario se convierta en limpia senda de esta bendita tierra ¡Arriba
con El!
Pies y manos le clavan sin luchar.
Sus brazos en la cruz, escarnecido,
son un abrazo abierto a quien le ha herido,
consagración de amor sobre el altar.
La ingrata humanidad le ha ajusticiado.
Su queja, su clamor, su amante celo
extraña de su Padre el fiel consuelo:
¡
Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?
La voluntad de Dios está cumplida,
deposita el espíritu en su mano,
y muere por amor al deicida.
Entre las sombras de la noche
todos miran a Cristo, rezan ante la dramática expresión de su agonía. Agonía
de hombre que padece la angustia de todas las muertes, todos
al mirarle sufren con él, adivinando la fiebre que le
hunde en el cuerpo las uñas de la fe, el vibrante escozor
de la garra ardiente de las manos, el dolor de las arterias que
ayer llevaban las dulzuras de la vida y hoy se convierten en
dogales aprisionantes, ante trance supremo se pasar la soledad
humana de la muerte. Al contemplarlo parece que nos habla queriéndonos
decir que sólo saber vivir quien bien se muere. Entre
una larga fila de enlutados penitentes, altos capirotes, hachones
encendidos en la noche, el Cristo de la Buena Muerte camina,
doblada la cabeza, lleno el rostro de paz, la desazón
partida, vencedor por amor de la muerte, dulce muerte que ya
no tiene el signo trágico de una guadaña ensangrentada
por emblema, sino expresión de paz y reposo infinito.
Tembló la tierra, el cielo ennegreció,
un centurión y muchos comprendieron
realmente era Dios al que prendieron
y para ellos la Vida comenzó.
El velo del Santuario se rajó,
el signo de la Antigua Ley perdieron,
con una lanza al Bien acometieron
y una fuente de gracias le brotó.
Como el gusano de las profecías
se revela ante el mundo el nuevo Abel,
el Ser que descendió de las alturas.
El hijo de María es el Mesías,
es el Rey que unifica esta Babel
y destierra las lápidas oscuras.
El color negro, confundiéndose con la noche, hace su aparición
el Viernes Santo. Es el dolor y el sentir por el ser querido,
es la tristeza por el funeral de Cristo.
Los penitentes, capiruchos de
siempre, van formando las alas que harán levantar el vuelo a la Venerable Cofradía
del Santo Entierro. Su paso, portado por anónimos costaleros
que se unen al golpe del mazo, es siempre acompañado de
un delicado silencio y de una clarificadora penumbra que viene
a reflejar, en su puesta en escena, el sufrimiento y la consternación
de un tránsito.
Se va y se vuelve a Cristo por
María,
la Virgen Dolorosa y Madre nuestra,
que en el ritual de la Pasión se muestra
sufriendo ante la Cruz lenta agonía.
Tus dolores sintamos noche y
día,
ya que tu amor de Madre nos demuestra
que no hay pena en el mundo como vuestra
triste aflicción y dolorosa vía.
Por ti vamos a Cristo. Tus dolores
se asocian en la cumbre del Calvario
al valor de su sangre generosa.
Muriendo por nosotros, pecadores,
nos da Dios en legado hereditario
a su Madre, la Virgen Dolorosa.
Su Virgen, que ya está preparada. Ha sido vestida cuidadosamente,
se ha decorado su paso con elegancia, se han colocado las flores
que despedirán un olor peculiar mezclado con el humo de
las numerosas velas que la alumbran y que espera paciente como
cualquier Madre sumisa, a que llegue la hora de acompañar
a su hijo por las calles del pueblo.
Permíteme Señora que, con estremecida emoción,
me prodigue esta noche en alabanzas hacia Ti.
Madre de Dios y Madre nuestra, que nos socorres en los momentos
más difíciles, que con esos ojos luminoso y misericordioso,
me haces pensar que una de las más bellas ocupaciones
de tu amor maternal es mirar y guiar nuestros pasos, a veces
equivocados o perdidos, y Tu, como Madre bondadosa, atenta, vigilante,
nos corriges y nos señalas la senda recta para llegar
a tu hijo, Dios Nuestro Señor. Qué contenta te
sentirás, aunque no mitigue del todo tu dolor, cuando
tus fieles, año tras año, abrazan tu trono para
procesionarte hasta mil veces si hiciera falta.
Infatigables Marianos que el
brillo de sus ojos dice claramente que lo hacen por penitencia
y amor hacia Ti ¡a su Virgen
de Los Dolores! Y Tú, de alegría, tus penas alivias
y bajo Tu manto a todos acoges.
El final de mi pregón será parecido al principio.
Voy a terminar también dando las gracias.
Gracias a todos los que ya no
estáis entre nosotros,
y que hicisteis por mantener, mejorar y transmitir nuestras tradiciones
de Semana Santa.
Gracias a todos los que hoy hacen
nuestra Semana Santa: hermandades y cofradías, a los anónimos capiruchos, a las elegantes
damas de mantilla, a los esforzados costaleros, a los monaguillos
a los que forman parte de las distintas bandas de música
y a todos los que contemplan el paso de las procesiones desde
los balcones de sus casas o desde las aceras de nuestras calles.
Gracias a los mayores que organizan,
y a los niños que
hacen el Via Crucis el miércoles, porque ahí está nuestro
futuro.
Y finalmente voy a terminar con
un deseo. El deseo de que, cuando los que estamos aquí reunidos ya no estemos en este mundo,
más allá de nosotros, más allá de
nuestros hijos, mas allá de los hijos de nuestros hijos,
por siempre y para siempre....