1. JESUS ES
CONDENADO A MUERTE
Te
condenaron
a
muerte,
tu
silencio
y
mi
silencio.
Las
gargantas
en
tumulto
ante
el
pretor
somnoliento
lapidaron
con
sus
gritos
el
mármol
de
tu
silencio.
Tu
mutismo
era
una
estatua
de
blancura
y
de
misterio,
¡Habla
Jesús
que
te
matan¡
Arropada
en
tu
silencio
la
muerte
viene
volando
entre
graznidos
de
cuervos.
Habla
Señor,
tu
palabra
como
un
huracán
de
fuego
salga
de
tu
boca
y
queme
lo
falso
de
los
nuestros.
¿Por
qué
te
quedas
callado,
si
eres
el
Divino
Verbo?
La
boca
de
Dios
quedó
baldía
como
el
desierto.
Lo
condenaron
a
muerte
su
silencio
y
mi
silencio.
Escupieron
las
gargantas
alaridos
a
mi
miedo,
al
oleaje
de
gritos
debí
lebantar
mi
pecho,
dique
de
amor
y
diamante,
contra
el
torrente
protervo,
pero
fui
arena
medrosa
que
no
supe
defenderlo.
Debí
gritarles
¡Judíos,
yo
soy,
yo
soy
el
perverso,
a
mi
la
hiel,
las
espinas,
a
mi
la
cruz
y
el
flajelo!
Pero
se
anudó
a
mi
voz,
la
vil
serpiente
del
miedo,
pastores,
por
cobardía
me
mataron
mi
cordero,
fue
más
fuerte
que
mi
amor,
el
ladrido
de
los
perros.
Lo
condenaron
a
muerte,
su
silencio
y
mi
silencio,
uno
silencio
de
amor,
otro
silencio
de
miedo.
2.
JESUS
SE
ABRAZA
CON
LA
CRUZ
Acércate
bien
amada,
la
de
los
brazos
abiertos.
A
tí
corro
enamorado,
con
un
ciclón
de
deseos,
tengo
sed
de
tu
regazo
para
morir
en
silencio.
Amada,
la
presentida
desde
los
montes
eternos,
la
elegida
por
el
Padre
para
el
Varón
Unigénito,
eres
morena
de
sol
y
tienes
olor
a
cedro.
Yo
pondré
sobre
tus
hombros
el
hilo
en
flor
de
mi
cuerpo,
y
un
rojo
manto,
prendido
con
cinco
rosas
de
fuego,
divino
traje
de
bodas
en
el
abrazo
supremo,
ven
a
mis
brazos
amada,
la
de
los
brazos
abiertos.
Bajo
la
noche
del
odio
iremos
por
el
sendero
relampagueante
de
gritos
y
enraizado
de
tropiezos,
que
el
amor
siempre
camina
por
sendas
de
sufrimiento.
Cuando
estemos
en
la
cumbre,
unidos
los
dos
y
quietos,
el
olocausto
humenante,
transververados
de
fuego,
una
nueva
epifanía
alumbrará
tierra
y
fuego.
Serás
llamada
Señora
y
Madre
de
muchos
pueblos,
vendrán
a
Tí
con
sus
dones,
los
reyes
del
mundo
entero.
Con
tus
brazos
extendidos,
serás
rosa
de
los
vientos,
que
conduzca
caminantes
a
mi
corazón
abierto.
Los
que
a
Mí
quieran
venir,
tendrán
que
amarte
primero.
Salgamos
ya
bien
amada,
la
de
los
brazos
abiertos.
3.
BAJO
EL
PESO
DE
LA
CRUZ,
JESUS
CAE
Y
DA
CON
SU
BOCA
EN
LA
TIERRA
Decidme
¿quién
me
besó
con
unos
labios
de
fuego?
Muchas
veces
he
sentido
el
ósculo
del
invierno
Sus
labios,
copos
de
nieve,
al
caer
blancos
y
lentos
me
visten
con
la
pureza
de
los
glaciares
eternos.
Son
un
bautismo
de
gracia
que
me
renueva
por
dentro
al
llegar
la
primavera
florida
por
los
oteros.
La
fecundidad
despierta
en
mis
ateridos
senos
con
sus
rojas
amapolas.
Cómo
me
cubre
de
besos
y
cascabeles
de
espinas
y
música
de
jilgueros,
Pero
nunca
conocí
un
beso
como
este
beso.
Si
me
ha
dejado
más
blanca
que
los
altos
ventisqueros
y
me
ha
vuelto
más
fecunda
que
los
jardines
del
cielo.
Decidme
¿quién
me
besó
con
unos
labios
de
fuego?
Qué
dulce
cuando
el
estío
con
sus
labios
de
aguacero
deje
el
cause
de
mis
trenzas
constelado
con
sus
besos
y
mis
arenas
febriles
ungidas
de
refrigerio.
Qué
triste
el
beso
de
otoño,
cuando
al
impulso
de
viento
besa
con
sus
hojas
secas
la
plata
de
mis
senderos
y
me
deja
en
la
garganta
sabor
a
muerte
y
a
duelo.
Pero
nunca
conocí
un
beso
como
este
beso,
tan
lleno
de
suavidades,
de
tristeza
y
de
misterio.
eternos
labios
heridos,
divinos
labios
de
fuego,
que
quemando
purifican
y
sirven
de
refrigerio,
labios
de
Cristo
caído
en
el
camino
tremendo.
A
la
tierra
vuestra
esclava,
así
la
trataís
a
besos,
¡Oh,
labios,
yo
no
soy
digna,
pero
besadme
de
nuevo!
4.
JESUS
SE
ENCUENTRA
CON
SU
MADRE
Cristo,
niño
mío.
¿Para
dónde
vas?
María,
mar
de
lágrimas
quién
te
lo
dirá.
Piecesitos
como
lirios
que
en
mi
regazo
crecieron
¿por
qué
llevais
a
mi
niño
por
tan
ingratos
senderos?
alfombras,
charcos
de
sangre;
sandalias,
llagas
de
fuego;
manecitas
de
jazmines
que
en
diciembre
florecieron
por
qué
os
alejais
crispadas
sobre
ese
obscuro
madero
y
ni
podeis
despediros
de
mí,
perfumando
al
viento.
Cristo,
Niño
mío.
¿para
dónde
vais?
María,
mar
de
lágrimas
quién
te
lo
dirá
Oh
cabeza
de
mi
niño
que
durmió
sobre
mi
pecho
negras
espinas
te
ciñen,
ya
no
dulcísimos
besos,
dolor
y
llanto
te
arrullan,
ya
no
cantares
maternos,
Oh
puñadito
de
mirra
que
perfumaste
mi
seno
¿por
qué
vas
con
esos
hombres
y
a
mí
me
dejas
gimiendo?
Yo
por
ti
diera
mi
vida,
ellos
dan
treinta
dineros
Cristo
niño
mío,
¿para
donde
vais?
Pobre
María,
mar
de
lárimas
no
te
canses
de
llorar.
5.
EL
SIRINEO
AYUDA
A
JESUS
A
LLEVAR
LA
CRUZ
Yo
seré
tu
Sirineo,
Tú,
Jesús,
serás
el
mío.
Eres
de
mi
mismo
barro,
Dios
sudoroso
y
herido,
te
faltan
muchas
caídas
para
llegar
al
patíbulo,
tu
vida
puede
quebrarse
a
la
mitad
del
camino
y
si
mueres
a
deshora
nos
dejas
sin
crucifijo,
sin
testamento,
sin
madre,
sin
el
refugio
divino
de
tu
corazón
abierto
por
la
lanza
de
Longinos.
Tienes
que
llegar
al
ara
muerto
de
dolor,
y
vivo.
Si
te
abruma
mucho
el
peso
de
tu
amor
y
mis
delitos
yo
seré
tu
Sirineo,
vallamos
al
sacrificio,
y
después
cuando
en
la
vida
se
cambien
nuestros
destinos,
cuando
Tú
resucitado,
todo
balsámico
y
limpio
me
esperes
en
los
trigales,
viviente
pero
escondido,
y
yo
cruce
ante
tus
ojos,
pecho,
temblor
y
martirio,
llevando
mi
cruz
a
cuestas,
de
dolor
desmorecido,
Tú
serás
el
Sirineo
que
me
lleve
al
sacrificio.
Eres
como
yo,
de
barro,
hazme
como
Tú,
de
trigo,
exprímeme
sobre
el
monte,
como
maduro
racimo
y
los
dos
compenetrados,
hechos
de
harina
y
de
vino,
en
la
cumbre
amanecida,
seremos
un
sacrificio.
6.
LA
VERONICA
ENJUGA
EL
ROSTRO
DE
JESUS
Así
quiero
que
me
pintes
sobre
mi
pecho
tu
rostro.
En
el
pesebre,
de
niño,
eras
estrellita
de
oro,
de
joven,
entre
los
lirios,
el
más
fragante
de
todos,
bajo
los
soles
maduros
pareciste
el
más
hermoso,
más
hoy
cuando
todos
dicen
que
no
tienes
ni
decoro
es
cuando
me
gustas
más,
eres
el
Divino
Rostro.
Así
quiero
que
te
pintes
en
mis
entrañas,
muy
hondo,
con
pinceladas
de
sangre,
de
salibas
y
de
polvo,
morado
de
bofetadas,
palidecido
de
oprovios.
Me
enamoras
como
nunca
poque
en
tu
cara
conozco
todo
el
amor
que
me
tienes,
encendido
y
doloroso,
mi
corazón
es
el
lienzo
para
que
pintes
tu
rostro,
en
Tí
quiero
retratarme,
como
un
espejo
en
el
otro.
Que
no
me
falten
espinas,
ni
lágrimas
en
los
ojos,
ni
sudor,
ni
bofetadas,
ni
manchas
de
sangre
y
lodo.
¡Con
tal
que
a
Tí
me
parezca,
sufrir
me
parece
poco!
7.
JESUS
CAE
POR
SEGUNDA
VEZ
¿Quién
tiró
el
pan
de
los
hijos
para
dárselo
a
los
perros?
Viviente
copo
de
harina
caído
sobre
el
sendero,
pedazo
de
pan
cocido
en
hornos
de
sufrimiento,
migajita
resbalada
desde
el
regazo
paterno,
¿para
caer
en
el
polvo
decendiste
de
los
cielos?
escándalo
de
los
hijos,
ludibrio
de
todo
el
pueblo,
¿así
quieres
que
te
coman
los
ricos,
los
opulentos?
Eres
tan
poquita
cosa,
estás
tan
sucio
y
tan
feo
que
ni
el
hijo
más
humilde,
ni
el
mendigo
más
hambriento
se
dignarían
inclinarse
por
recogerte
del
suelo.
¿Quién
tiró
el
pan
de
los
hijos
para
dárselo
a
los
perros?
Yo
bendigo
tu
caída
que
me
infunde
atrevimiento,
con
lágrimas
y
temblores
de
ternura
a
Tí
me
acerco,
yo
soy
el
pobre
perrillo
punzado
de
hambre
y
de
miedo,
si
no
te
hubieras
caído
como
lluvia
en
mi
desierto,
lleno
de
angustia
y
miseria,
yo
moriría
sin
remedio.
Estabas
oh
Dios
tan
alto,
y
yo
tan
vil
y
pequeño.
Bajo
tu
disfraz
de
polvo,
escondido
te
presiento
tan
lleno
de
resplandores
como
en
la
gloria
del
cielo.
Si
los
hombres
no
te
quieren,
ven
y
descansa
en
mi
pecho,
migaja
de
pan
caído
para
el
hambre
de
los
perros,
el
amor
que
me
tuviste,
te
puso
en
paz
extremo
8.
JESUS
CONSUELA
A
LAS
PIADOSAS
MUJERES
No
quiero
llorar
por
Tí,
quiero
llorar
mis
pecados.
Las
almas
vienen
siguiendo
la
púrpura
de
tus
pasos,
todos
quieren
consolarte
y
todos
vienen
llorando.
Yo,
Señor,
aunque
te
miro,
todo
del
amor
llagado
no
quiero
llorar
por
Tí,
0h
Divino
enamorado.
Yo
se
que
por
fuera
sufres,
más
por
dentro
estás
gozando,
porque
el
amor
cuando
hiere
es
como
aroma
de
bálsamo
que
mientras
más
nos
traspasa,
es
más
suave
y
delicado.
Las
heridas
de
amor,
saben
a
miel
y
huelen
a
nardo.
¿Por
qué
entonces
sin
quererlo
van
mis
lágrimas
brotando?
Señor,
no
lloro
por
Tí
que
lloro
por
mis
pecados,
no
lloro
de
verte
herido;
lloro
de
haberte
olvidado.
Déjame
llorar,
Señor,
para
siempre
y
sin
descanso,
déjame
llorar,
Señor,
lluvia
de
pétalos
blancos,
de
mis
ojos
doloridos
caigan
las
gotas
de
llanto,
y
laven
con
su
blancura
lo
negro
de
mis
pecados.
Tu
amor
y
yo,
frente
a
frente,
a
solas
los
dos
estamos,
y
mis
dos
ojos
te
dicen
lo
que
no
puede
mi
labio,
mira
quebrado
a
tus
pies
mi
corazón
de
alabastro,
tan
duro
para
quererte,
para
olvidarte
tan
blando.
Mira
cómo
de
la
herida
mana
el
olor
de
mis
nardos.
Tu
amor
y
yo,
frente
a
frente,
a
solas
los
dos
estamos,
los
dos
con
el
alma
rota,
los
dos
transidos
de
bálsamo,
y
tus
dos
ojos
me
dicen,
mucho
se
te
ha
perdonado.
9.
JESUS
CAE
POR
TERCERA
VEZ
Triplicaste
tu
caída
entre
sollosos
y
lágrimas,
la
magnolia
de
tu
veste
yace
en
tierra,
deshojada
y
el
caudal
de
tus
cabellos,
fontanar
de
limpias
aguas,
sobre
las
piedras
desnudas,
dormido
se
desparrama.
Qué
desfallecer
del
cuerpo,
qué
desaliento
en
el
alma,
cuánta
sed
de
abandonarse
y
no
proseguir
la
marcha,
suspender
eternamente
el
rito
de
las
pizadas.
¿Por
qué
un
grito
me
sube
tembloroso
a
la
garganta?
Un
grito
para
gritarte,
¡Jesús,
lebántate
y
anda!
Porque
otras
muchas
caídas,
tus
tres
caídas
retratan,
el
azoro
de
los
niños
caídos
de
madrugada,
el
derrumbe
de
los
jóvenes
desde
las
cumbres
nevadas,
las
caídas
de
los
viejos,
tan
negras
y
tan
amargas.
Porque
mil
negras
pupilas,
ansiosas,
en
Tí
se
clavan
por
ver
si
quedas
caído
o
mirar
si
te
lebantas,
por
eso
mi
voz
te
grita,
¡Jesús,
lebántate
y
anda!
Lebántate
aunque
el
cansancio
se
desplome
en
tus
entrañas,
lebántate
aunque
el
suplicio
con
vivas
lumbres
te
aguarda,
lebántate
que
la
meta
se
mira
ya
muy
cercana,
enséñales
a
los
hombres
esa
ciencia
necesaria
de
resurgir
varoniles
cuando
en
el
camino
caigan.
Si
Tú
te
quedas
caído,
derrumbas
nuestra
esperanza,
somos
flores
de
los
campos
que
hasta
un
soplo
desarraiga,
y
es
tan
fácil
que
en
la
vida
se
quede
caída
el
alma
cuando
has
sentido
el
abrazo
senagoso
de
las
charcas
que
ofrecen
lotos
de
oro
y
vívoras
anidadas,
y
es
tan
duro
lebantarse
para
proseguir
la
marcha
cuando
en
las
venas
hay
frío
y
anochese
en
las
entrañas.
Jesús,
por
los
pecadores,
mi
voz
te
grita
angustiada
¡por
nosotros
pecadores,
Jesús,
lebántate
y
anda!
10.
JESUS
ES
DESNUDADO
Y
ABREBADO
CON
HIEL
Y
VINAGRE
Así,
desnudo,
Dios
mío,
que
pena
me
da
mirarte.
Escultura
de
vergüenzas,
cincelado
en
nieve
y
sangre
tienes
todo
el
desamparo
de
nuestros
primeros
padres
al
esconderse
llorosos
y
desnudos
tras
los
árboles,
con
el
sabor
del
pecado
amargándoles
las
fauces;
también
hoy
entre
tus
labios,
sabor
a
hiel
y
vinagre,
amargura
de
pecados
que
sin
beber,
la
probaste.
Las
zaetas
de
los
ojos
y
de
las
risas
procaces
sobre
tu
cuerpo
desnudo
volando
van
a
clavarse.
Oh,
si
pudieras
correr
como
un
niño
hasta
tu
madre
y
esconderte
entre
sus
brazos,
y
en
su
regazo
anidarte.
¿En
dónde
estarán
ahora
aquelllos
limpios
pañales
de
la
luminosa
noche,
dónde
los
lirios
del
valle
que
tejen
túnicas
blancas
sin
rueca
y
sin
telares,
dónde
están
los
corderitos
vestidos
de
lana
suave
que
ten
ven
aTí
desnudo
y
no
corren
a
abrigarte?
Pero,
bien
visto,
que
importa
si
los
soldados
reparten
entre
sí
tus
vestiduras
llenas
de
sudor
y
sangre.
Tienes,
Oh
Dios,
una
túnica
que
nadie
podrá
arrancarte,
la
túnica
de
tu
cuerpo
que
te
tejiera
tu
madre
en
el
telar
de
su
seno,
con
el
hilo
de
su
carne.
A
esta
veste
ni
la
muerte
podrá
jamás
despojarte.
Mira
señor
a
mi
alma,
también
desnuda
y
sangrante,
se
jugaron
a
los
dados
entre
el
demonio
y
la
carne
mi
túnica
de
la
gracia
en
frenético
aquelarre
mientras
el
mundo
miraba
mi
angustia,
sin
inmutarse.
No
me
dejaron
ni
el
manto
para
cubrir
mis
maldades
y
ante
los
ojos
del
mundo,
tan
crueles
y
tan
cobardes,
ser
pecador
descubierto
es
ser
dos
veces
culpable.
Como
duelen
las
miradas
que
en
mi
vienen
a
clavarse,
qué
amargas
son
estas
culpas
de
ceniza
y
de
vinagre,
y
cómo
entraré
desnudo
a
tus
festines
nupciales,
si
viene
el
Rey
y
me
mira
me
arrojarán
a
la
calle.
Cuando
Tú
subas
glorioso
por
los
caminos
del
aire
revísteme
con
tu
veste
de
fuego
santificante,
revísteme
con
la
túnica
inconsútil
de
tu
sangre
y
así
vestido
de
Cristo,
señido
de
claridades,
mientras
los
ángeles
cantan
El
Cantar
de
los
Cantares
iré
a
unirme
en
el
regazo
oceánico
de
tu
Padre.
11.
JESUS
ES
CLAVADO
EN
LA
CRUZ
Eres
la
roca
de
la
luz
con
entrañas
de
agua
nueva,
nosotros
somos
el
barro
amasado
con
tinieblas.
Hay
en
tus
claros
abismos
veneros
de
vida
eterna,
nosotros
tenemos
sed
en
nuestras
áridas
venas.
Nuestra
sed
es
infinita,
nuestra
sequedad
tremenda,
el
ardor
de
los
desiertos
en
nuestras
almas
llamea.
Espejismos
de
locura
en
la
mente
reververan
y
sube
un
grito
de
fuego
desde
las
entrañas
secas.
En
los
íntimos
jardines
se
requemó
la
azucena,
y
la
rosa
enamorada
de
sed
ha
quedado
muerta,
el
oro
dulce
del
trigo
vuela
al
aire
hecho
pabesas,
y
las
viñas
bajo
un
cielo
de
lumbre
crujen
sedientas.
Así,
sin
vino,
sin
rosas,
sin
pan
y
sin
azucenas
y
con
este
fuego
obscuro
que
se
arrastra
por
las
venas,
¿qué
vida
puede
vivirse,
qué
muerte
será
más
negra?
Eres
la
roca
que
guarda
torrentes
de
vida
eterna,
nosotros
somos
la
sed
coagulada
de
la
tierra.
¿Será
preciso
que
el
hombre
en
un
rato
de
demencia
taladre
sin
compasión
la
noble
roca
serena?
Si
no
podemos
vivir,
si
están
nuestras
almas
secas,
extiende
tus
pies
y
manos
en
cruz
sobre
la
madera
y
deja
que
nuestros
golpes
penetren
en
tus
arterias.
Ya
sale
huyendo
tu
sangre
a
los
cauces
de
la
tierra
en
divina
transfusión,
de
tus
venas
a
sus
venas.
Ya
se
apagan
nuestros
fuegos
en
estas
aguas
eternas,
ya
vuelve
a
lanzar
la
vida,
su
canción
en
las
arterias.
Cuando
en
tus
miembros
exangües
caiga
la
noche
suprema
un
amanecer
de
lirios
alumbrará
las
praderas
y
nacerás
repetido
en
las
castas
azucenas
y
estarás
en
cada
rosa,
cuando
las
rosas
florezcan,
y
cuando
el
dulce
racimo
su
jugo
en
el
caliz
vierta,
ahí
beberán
los
hombres,
sorbos
de
tu
sangre
nueva
y
cuando
el
trigo
maduro
se
triture
entre
las
piedras
en
cada
pan
hallaremos
el
sabor
de
tu
presencia,
porque
tu
sangre
ha
corrido
por
nuestros
cauces
de
tierra.
Se
eterniza
entre
los
hombres
tu
invisible
permanencia
nosotros
en
Tí
vivimos,
Tú
vives
en
nuestras
venas.
12.
JESUS
MUERE
EN
LA
CRUZ
Vuelve
ya
a
tu
casa,
pródigo,
el
de
las
manos
vacías.
¿A
dónde
vino
a
parar
toda
tu
gloria
divina?
Oh
mi
Dios,
encarcelado
en
una
carcel
de
arcilla
Tú
que
colmas
los
abismos
con
tu
presencia
infinita,
cabes
entre
cuatro
clavos
y
una
corona
de
espinas.
Dejaste
el
seno
del
Padre
por
el
seno
de
María
del
cielo
huiste
trayendo
toda
tu
herencia
Divina.
La
diste
a
los
pecadores
y
a
las
mujeres
perdidas.
El
mosto
de
las
granadas
coronó
tus
sienes
limpias
con
su
locura
de
fuego,
bajo
la
huerta
sombría,
y
así
saliste
embriagado
por
la
clara
mañanita,
a
derrochar
tus
tesoros
con
amor
y
sin
medida.
Tus
manos
fueron
sembrando
su
lluvia
de
rosas
finas
en
el
surco
azul
del
aire,
sobre
las
tierras
valdias.
Ya
estás
ahí,
manirroto
en
cruz,
sobre
la
colina
¿qué
te
queda
ya
por
dar
de
tus
riquezas
divinas?
Por
tener
las
manos
rotas
se
te
quedaron
vacías.
Junto
a
tu
Padre,
en
la
luz
inaccesible
vivías,
hoy
estás
entre
tinieblas,
como
una
estrella
caída.
En
tu
palacio,
un
enjambre
de
arcángeles
te
servía,
hoy
estás
entre
mujeres
que
lloran
y
hombres
que
gritan.
Antes
eras
el
ungido
con
bálsamos
de
alegría,
hoy
navegas
en
un
mar
de
tristezas
sin
orillas.
Dijiste
que
entre
los
hombres,
vivir
era
una
delicia
y
no
hay
dolor
comparable
a
tu
tremenda
agonía.
Pródigo,
de
manos
rotas,
tienes
la
sabiduría,
Oh
cisne
de
Dios
que
cantas
a
la
muerte
presentida,
ya
van
tus
siete
palabras
cantando
en
la
lejanía.
¿Qué
esperas
para
que
salga
de
tu
corazón
la
vida?
vuelve
ya
a
tu
casa,
pródigo,
el
de
las
manos
heridas.
En
tu
palacio,
tu
Padre
el
gran
anciano
de
días
escrutando
los
senderos
con
sus
eternas
pupilas,
espera
ya
tu
retorno
por
las
sendas
florecidas.
Las
lámparas
del
paráclito
orladas
de
siemprevivas,
para
iluminar
tus
pasos,
también
están
encendidas.
Pero
ya
sé
lo
que
esperas
para
que
vuelva
tu
vida.
Por
el
túnel
de
la
muerte
a
las
mansiones
divinas,
buscas
a
quién
regalar
tus
clavos
y
tus
heridas
y
buscas
otra
cabeza
para
poner
tus
espinas.
¡Dámelas
a
mí
Señor!
Ansiosos
por
recibirlas
esperan
mis
pies,
mis
manos
y
mis
sienes
doloridas.
Ante
tu
suprema
dádiva,
está
mi
fe
de
rodillas.
Yo
subiré
sobre
el
monte
al
quedar
tu
cruz
vacía
y
dormiré
mis
ensueños
sobre
tu
lecho
de
mirra.
Ahí
dejaré
que
irrumpan
mis
cataratas
dormidas
por
completar
en
mi
cuerpo
tu
pasión
interrumpida.
Pero
ya
vuelve,
Dios
mío,
a
las
mansiones
divinas,
vuelve
a
encender
en
los
labios
de
tu
Padre,
la
sonrisa,
ve
a
desatar
las
hogueras
del
paráclito
cautivas,
ve
a
devolver
a
los
cielos
su
inextinguible
alegría,
si
todo
está
consumado,
si
ya
tienes
otra
víctima.
13.
JESUS
ES
DESCLAVADO
DE
LA
CRUZ
Y
PUESTO
EN
LOS
BRAZOS
DE
SU
MADRE
Mi
Jesús
tiene
sueño
por
el
camino
se
me
durmió
tres
veces
el
pobrecillo.
Hijito,
duerme,
duerme,
que
en
esta
noche
no
habrá
quién
te
despierte.
De
mañanita,
llorando
por
los
caminos
del
cielo
salió
mi
niño
a
buscar
su
rebaño
de
corderos.
Todos
andaban
perdidos
entre
los
barrancos
negros,
en
un
bosque
de
alaridos
y
brazos
en
alto,
tensos.
Entró
mi
niño
temblando
de
soledad
y
de
miedo,
las
flores
eran
de
sangre,
las
ramas
eran
flajelos,
las
maldiciones
volaban
como
pájaros
al
viento,
era
tan
largo
el
camino,
estaba
el
aire
tan
negro
que
mi
niño
se
cayó
tres
veces
en
el
sendero,
y
cuando
a
los
ojos
de
agua
se
acercó
a
beber,
sediento,
le
dieron
a
beber
mirra,
aquellos
crueles
veneros.
Por
fin
se
subió
mi
niño
sobre
las
ramas
de
un
cedro,
por
ver
si
de
las
alturas
divisaba
sus
corderos.
Su
séptuple
canto,
triste,
rodó
por
el
universo.
Como
un
gorrioncito
herido,
todo
púrpura
su
pecho,
quedó
dormido
mi
niño
sobre
las
ramas
del
cedro.
Las
nubes
le
acariciaban
con
devoción
los
cabellos
dormidito
lo
encontraron
en
el
camino
del
cielo,
y
dormidito
a
mis
brazos,
de
noche
me
lo
trajeron.
Tienen
sus
pies
dos
claveles,
en
sus
manos
dos
luceros
y
en
su
corazón
un
sol,
tres
veces
santo
y
abierto.
Hijito
que
entre
mis
brazos
yaces
cansado
y
deshecho,
duérmete
sin
ansiedades
por
tus
perdidos
corderos
que
esta
noche
de
luna
los
haz
juntado
en
el
cielo.
Por
la
inmensidad
azul
vagan
cándidos
pasiendo
entre
rosas
inmortales
y
remanzos
de
luceros,
innumerables
y
puros
como
los
copos
de
invierno
de
todos
los
horizontes
ascienden
al
firmamento.
Cuando
la
luz
te
despierte,
ya
sin
dolor
y
sin
sueño,
Oh,
cómo
habrás
de
alegrarte
por
tus
hallados
corderos.
Hijito
que
entre
mis
brazos
yaces
desnudo
y
deshecho
sigue
durmiendo
en
la
cuna
de
mi
amor
y
de
mis
besos.
Estos
besos
son
los
últimos,
pero
mi
amor
es
eterno,
sigue
durmiendo
en
mis
brazos
aunque
sabes
que
tu
sueño
es
espada
de
dos
filos
que
me
traspaza
por
dentro,
duerme
que
para
velarte
está
mi
dolor
despierto.
Mi
Jesús
tiene
sueño
por
el
camino
se
me
durmió
tres
veces
el
pobrecillo.
Hijito
duerme,
duerme,
que
en
la
alborada
vendrá
la
luz
divina
que
te
despierte.
14.
EL
CUERPO
DE
JESUS
ES
DEPOSITADO
EN
EL
SEPULCRO
Niña
que
llevas
al
pecho
siete
puñales
clavados,
Madre
que
vas
a
sembrar
a
Dios
bajo
los
granados,
ya
vienen
los
sembradores
con
la
semilla,
llorando,
ya
traen
el
cuerpo
de
Cristo,
blanco
sobre
el
hilo
blanco.
Señora,
yo
no
quisiera
ni
mirarte
ni
mirarlo.
Tú
me
lo
entregaste
niño
como
manojo
de
nardos,
yo
te
lo
devuelvo
muerto
como
racimo
pizado.
Trae
mucha
noche
en
las
venas
y
mucha
nieve
en
los
labios,
se
le
congeló
la
vida
en
el
corazón
quebrado.
Señora,
yo
no
quisiera
ni
mirarte
ni
mirarlo.
Ven
y
deshoja
la
última
flor
de
tu
beso
en
sus
labios
y
deja
que
lo
sembremos
en
este
surco
de
llanto.
Quién
sabe
si
ya
mañana
cosechemos
el
milagro
de
que
retoñen
los
dulces
latidos
en
su
costado.
Si
es
un
augurio
de
espigas,
la
muerte
de
cada
grano,
si
está
la
resurección
bajo
la
tumba
esperando,
¿por
qué
sembrar
a
los
muertos
resultará
tan
amargo?
Qué
diluvio
de
silencios,
vacío
sobre
los
campos,
la
soledad
con
sus
aguas
cubrió
los
montes
más
altos.
Niña
que
llevas
al
pecho
siete
puñales
clavados,
bajo
el
sepulcro
dejaste
tu
corazón
olvidado.
¿Por
qué
florece
el
silencio
con
un
inaudito
cántico,
y
quién
se
pone
a
cantar
cuando
los
hombres
lloramos?
Señora,
los
muertos
cantan,
los
muertos
están
cantando,
entre
las
sombras
agitan
el
címbalo
de
sus
manos
que
también
para
los
muertos
llegó
el
Domingo
de
Ramos.
Ya
va
el
Señor
descendiendo
por
caminos
subterráneos,
de
todos
los
cementerios
sube
un
clamor
a
su
paso
mientras
se
impregna
de
vida,
la
tierra
con
su
contacto.
Un
soplo
de
primavera
sacude
los
huesos
áridos
y
retrocede
la
muerte
entre
las
tumbas,
auyando.
¿En
dónde
está
tu
victoria,
Oh
muerte
de
dedos
pálidos?
Ya
van
bajo
los
cipreses
las
siemprevivas
brotando.
Madrecita
que
sembraste
a
Dios
bajo
los
granados,
sobre
el
surco
de
tus
lágrimas
han
florecido
los
cánticos.
Mañana
cuando
el
lucero
del
alba
bese
tus
párpados,
la
tierra
dará
su
fruto
inmortal
y
perfumado,
entonces
cierra
tus
ojos,
entonces
abre
tus
labios
para
que
bebas
el
vino
de
tu
hijo
resucitado.